Hace poco fui al cine a ver una película. Se titula Tully. El tema principal es la maternidad. Pero sin edulcorantes. Los momentos duros. Porque los hay.
Esos momentos en los que estás tan cansada que no quieres ni moverte. Pero te mueves.
En los que te das cuenta de que por mucho que creas en la igualdad, ser padre o madre no es lo mismo.
En los que cualquiera puede opinar sobre como haces las cosas. Porque parece que ser madre incumbe a cualquiera que te mire.
Y esos momentos en los que te das cuenta que, hace diez años pensabas que te ibas a comer el mundo, y ahora eres un mortal más y lo único que te comes es tu cansancio al final del día.
Porque hay días así.
Al visionado de Tully le junté el aumento del permiso de paternidad (que no el de maternidad) y unas cuantas absurdeces sobre lactancia que lei en un libro de reciente publicación.
Y llegué a la conclusión de lo mal cuidada que está la maternidad.
Desde antes de ser madre la maternidad está mal vista. Hay empresas que en las entrevistas de trabajo te preguntan si vas a ser madre.
Una vez conocí una chica que la directora del centro donde trabajaba le hizo el "favor" de no decirle a recursos humanos que estaba embarazada para que le prorrogasen el contrato.
¿Qué escoges? ¿Vida laboral o ser madre?
Sí, es cierto, la mayoría de las mujeres son madres y trabajadoras. Pero lo tienen más difícil para llegar a puestos más altos.
Y lo que llegan es exhaustas al final del día. Frustradas porque no dan abarcado todo. (No sé en qué momento nos han convencido de que tenemos superpoderes).
La reincorporación al trabajo es demasiado temprana. 16 semanas. Te obligan a ir con un sacaleches al trabajo en caso de que decidas dar teta. Y en cualquier caso te obligan a ir con el corazón encogido pensando en que tu bebé es demasiado pequeño para estar en la guardería.
Y es que es demasiado pequeño. El primer año de vida el bebé no es capaz de diferenciarse de su madre. Es lo que conoce, por sonido, olor y sabor intraútero. Y por el cuerpo de la madre sigue circulando su bebé. Por eso la duración del permiso debería tener mayor duración.
Luego están las críticas que te caen por todos lados: si coges una excedencia para quedarte en casa, mal. Si te reincorporas a tiempo completo, mal.
Si das teta más de un año, mal. Si no la das, mal.
A una madre se la juzga a todas horas.
Quizás por intentar hacer una conciliación laboral y familiar que no existe en la mayoría de los casos. Porque conciliar no es trabajar 9 horas y poder dejar a tu hij@ esas horas en un cole. Porque estamos haciendo malabarismos cada día con la familia, trabajo y nuestra propia persona.
A lo mejor es que vivimos en un mundo tan de adultos que no les damos importancia a los niños. A lo mejor no es la maternidad la que está mal cuidada. A lo mejor es la infancia la que ha caído en el olvido.
domingo, 29 de julio de 2018
miércoles, 4 de julio de 2018
Hasta las tetas
En los últimos años el avance en el acceso a la información ha sido impresionante. Hace veinte años yo no sabía lo que era internet. Si querías saber algo buscabas información en una enciclopedia. Pero a día de hoy vivir sin un buscador de internet se nos hace imposible. ¿Qué quiero saber como se hace una carbonade, que me la comí en Bélgica y estaba increíble? Pues se lo pregunto a google. Y esta rapidez y facilidad de acceso a cualquier dato es maravilloso.
Pero a veces la información que recibimos a través de una pantalla, solitaria, puede confundirnos.
Eso es lo que me pasó el otro día cuando en una red social descubrí una página de matronas que transmitía "argumentos feministas en contra de la lactancia materna". Y ahí es cuando me dije, en voz alta, estoy de las tetas hasta las tetas.
Creo que a día de hoy la mayor parte de la gente conoce los beneficios de la lactancia materna.
Y cada vez que veo un debate de este tipo se me atraganta.
Estamos creando un debate de algo biológico que llega un momento que se vuelve absurdo. Es un sinsentido.
Yo he dado teta. Si tuviese otro hijo daría teta. Tengo amigas con lactancias largas, hasta los cuatro años. Tengo amigas que se llevan un sacaleches al trabajo. También amigas que no quisieron dar teta. O que lo intentaron y no fue como ellas pensaban.
¿Y qué pasa en todos estos casos? Pues nada, que cada una hizo lo que mejor consideraba.
Yo es que lo veo tan sencillo como:
- Tengo nueve meses para pensar qué quiero hacer, busco información para tener conocimientos suficientes a la hora de tomar una decisión.
- Nace el bebé. He decidido dar teta. (Enhorabuena, has tomado tu primera decisión como madre).
Aquí hay dos opciones: el bebé se engancha y os adaptais ambos sin problemas o aparece algún tipo de dificultad. Si aparece algún tipo de dificultad hay solución: vas a la matrona o a un grupo de apoyo a la lactancia (hoy en día es fácil encontrar uno cerca).
- Nace el bebé. He decidido no dar teta. (Enhorabuena, has tomado tu primera decisión como madre).
En cualquier caso no hay que justificar nada. Ni si no quieres dar teta, ni si tienes una lactancia prolongada, ni si nada. Ni si al principio fue bien pero después tuve que dejarlo...
Cuando te conviertes en madre hay un montón de cosas que vas a tener que decidir. La alimentación de tu bebé es lo primero. Y hay que entender que lo que yo puedo tener muy claro no es lo mismo que tiene claro la mamá de al lado.
Creo que la alimentación de un bebé no debe formar parte de un debate. Ni necesita la justificación de una ideología. Ni ser una causa para descuidar más la maternidad. Porque la maternidad hoy en día, no está nada cuidada. No se valora. Cuando vale mucho. Porque sin ella nadie estaríamos aquí.
Creo que es algo íntimo entre dos personas. Una madre y su recién nacido. Una mirada hacia dentro y decir "yo lo quiero hacer así" y luego se lo transmites a tu bebé "oye, lo vamos a hacer así, seguro que nos sale bien".
Y sin más. Sin justificaciones.
Pero a veces la información que recibimos a través de una pantalla, solitaria, puede confundirnos.
Eso es lo que me pasó el otro día cuando en una red social descubrí una página de matronas que transmitía "argumentos feministas en contra de la lactancia materna". Y ahí es cuando me dije, en voz alta, estoy de las tetas hasta las tetas.
Creo que a día de hoy la mayor parte de la gente conoce los beneficios de la lactancia materna.
Y cada vez que veo un debate de este tipo se me atraganta.
Estamos creando un debate de algo biológico que llega un momento que se vuelve absurdo. Es un sinsentido.
Yo he dado teta. Si tuviese otro hijo daría teta. Tengo amigas con lactancias largas, hasta los cuatro años. Tengo amigas que se llevan un sacaleches al trabajo. También amigas que no quisieron dar teta. O que lo intentaron y no fue como ellas pensaban.
¿Y qué pasa en todos estos casos? Pues nada, que cada una hizo lo que mejor consideraba.
Yo es que lo veo tan sencillo como:
- Tengo nueve meses para pensar qué quiero hacer, busco información para tener conocimientos suficientes a la hora de tomar una decisión.
- Nace el bebé. He decidido dar teta. (Enhorabuena, has tomado tu primera decisión como madre).
Aquí hay dos opciones: el bebé se engancha y os adaptais ambos sin problemas o aparece algún tipo de dificultad. Si aparece algún tipo de dificultad hay solución: vas a la matrona o a un grupo de apoyo a la lactancia (hoy en día es fácil encontrar uno cerca).
- Nace el bebé. He decidido no dar teta. (Enhorabuena, has tomado tu primera decisión como madre).
En cualquier caso no hay que justificar nada. Ni si no quieres dar teta, ni si tienes una lactancia prolongada, ni si nada. Ni si al principio fue bien pero después tuve que dejarlo...
Cuando te conviertes en madre hay un montón de cosas que vas a tener que decidir. La alimentación de tu bebé es lo primero. Y hay que entender que lo que yo puedo tener muy claro no es lo mismo que tiene claro la mamá de al lado.
Creo que la alimentación de un bebé no debe formar parte de un debate. Ni necesita la justificación de una ideología. Ni ser una causa para descuidar más la maternidad. Porque la maternidad hoy en día, no está nada cuidada. No se valora. Cuando vale mucho. Porque sin ella nadie estaríamos aquí.
Creo que es algo íntimo entre dos personas. Una madre y su recién nacido. Una mirada hacia dentro y decir "yo lo quiero hacer así" y luego se lo transmites a tu bebé "oye, lo vamos a hacer así, seguro que nos sale bien".
Y sin más. Sin justificaciones.
miércoles, 27 de junio de 2018
Cuando 1+1=3
Recuerdo cuando Mihombre y yo eramos dos. Quitando la obligación de los horarios de nuestros respectivos trabajos el resto del tiempo era ocio. Películas bajo la manta, tirados en el sofá dejando transcurrir las horas, cenas fuera de casa, visitas a una cervecería a cualquier hora, cualquier día, planificar escapadas en último momento, pasar el día fuera de casa. En resumen, estabamos muy descansados. ¿Teníamos algún tipo de problema o preocupación? Ninguno. Fueron seis años viviendo en absoluta armonía. Qué discusiones íbamos a tener si vivíamos de lujo.
Así que decidimos ser padres.
Y es cuando uno más uno deja de ser una pareja. Tres no es igual a dos. Es matemática fácil. Pero no te das cuenta hasta que pasas unas noches sin dormir y todas las horas giran alrededor de un recién nacido. No puedes ni ducharte y empiezas a parecer paranoic@ pensando en que tu pareja descansa mucho más que tu.
Para cualquier pareja tener un hijo requiere un reajuste, una adaptación. Yo siempre digo de broma que "nunca tendrás tantas ganas de divorciarte como el primer año de vida de tu hijo". En verdad no bromeo.
Pero lo normal es que la pareja se readapte y las aguas vuelvan a su cauce. Uno se acostumbra a las nuevas rutinas, forma el vínculo con el bebé, a medida que pasa el tiempo ambos descansais más y... sois padres y estais bien así.
Pero si tener un bebé es una revolución en cualquier casa, tener un bebé con una discapacidad ya es otra historia. Aqui la readaptación es más compleja.
Al cansancio se le unen la incertidumbre, la tristeza, el miedo, el enfado y lo peor de todo, la visión tan distinta que van a tener al principio padre y madre. Es raro estar en la misma etapa de duelo o tener la misma visión de lo que está ocurriendo.
Suele pasar que en una pareja uno de los dos miembros se da cuenta de la realidad antes que el otro. Y esto crea una distancia y una soledad muy difícil de llevar. Y hace mucho daño en la pareja. Daños, que en algunos casos, pueden durar años.
Mi experiencia fue que yo tomé conciencia muy rápido de la realidad. Me di cuenta que lo que le pasaba a mi hijo era una situación grave y que iba a ser para siempre. La dificultad que nos iba a rodear se hizo muy real para mi desde el primer momento.
Mihombre no creía nada de lo que le decían. No le preocupaba absolutamente nada.
Era como si el tema fuese con otras personas.
Estabamos en situaciones emocionales totalmente distintas. Yo, que no podía dejar de llorar, y él que no me podía consolar porque creía que no existía motivo por el que estar así. Así que cada uno estaba enfadado con el otro. No demostrábamos el enfado, pero sí existía una distancia. Recuerdo sentirme muy alejada de él, de pensar que estaría mejor sola.
Había consultas que yo iba sola porque él no quería ni oir lo que iban a decir. Ahora con la distancia me doy cuenta que él estaba en una fase de negación.
No me gustaba estar en esa situación. Lo único que se me ocurrió en ese momento fue buscar momentos para los dos. Cuando Retoño durmiese, durante algún paseo que le daban mis padres.
¿Qué hicimos? Hablar mucho. De todo. Estar los dos implicados en el cuidado. En las terapias.
Formar el vínculo día a día con Retoño. Celebrar cada pequeño avance.
La toma de conciencia de la realidad de Mihombre llegó un día de formar natural. Cuando empezó a ver niños de la misma edad de Retoño se dio cuenta de la diferencia en el neurodesarrollo que existía. Fue así, sin más.
Nosotros llevamos ya tiempo en el que sabemos volver a ser uno más uno igual a dos.
Y esto es muy necesario. Si algo creo que es importante es no olvidar que fuimos y seguimos siendo una pareja. Cada pareja tiene que buscar un equilibrio en el que no estemos metidos en un bucle de reproches, de quien descansa más o quien se implica más, porque eso sólo lleva al hastio y posible futura ruptura. Hay que recordar qué nos unía.
Cada pareja debe buscar lo que le va bien. Algunas de las cosas que nosotros hacemos son:
A veces hay que pedir ayuda el entorno familiar. Se necesitan momentos a solas.
Nosotros cuando estamos solos no hablamos de Retoño, o si hablamos es para decir cosas buenas (para tratar temas médicos o cualquier problema que surja hay otros momentos, no cuando nos vamos de cena).
Cada día hay que tener unos momentos para hablar de temas como antes de ser padres. Cuando Retoño se duerme tenemos nuestro momento de sofá.
Nos damos cuenta cuando el otro está cansado y nos vamos relevando para que ninguno esté sobrecargado.
Nos damos un abrazo al empezar el día.
Nos decimos te quiero muy a menudo. Parece una chorrada, pero es importante. Es algo que no hay que olvidar.
Somos conscientes de que esto no es una carrera de velocidad. Es de marcha, así que vamos a fuego medio.
Tenemos momentos de ocio con Retoño.
Nos reímos mucho de nosotros. La verdad es que bromeamos de cosas increíbles.
Tenemos mucha paciencia mutua.
Es muy dura la situación de ser padres de un niño con discapacidad, por eso, si la pareja funcionaba bien antes, es una pena que se vaya apagando porque la situación nos supere, cuando la mejor forma de salir adelante es en equipo. Pero sí que es cierto que son momentos en los que hay que trabajar por ella, porque si no las dificultades del día a día, la rutina, el cansancio, si sólo se habla para darse el "turno" del cuidado del niño, la tristeza que a veces es inevitable y un millón de cosas más que nos pasan a diario y tenemos que resolver pueden hacer desaparecer esa pareja, que no hacía mucho, era feliz.
Así que decidimos ser padres.
Y es cuando uno más uno deja de ser una pareja. Tres no es igual a dos. Es matemática fácil. Pero no te das cuenta hasta que pasas unas noches sin dormir y todas las horas giran alrededor de un recién nacido. No puedes ni ducharte y empiezas a parecer paranoic@ pensando en que tu pareja descansa mucho más que tu.
Para cualquier pareja tener un hijo requiere un reajuste, una adaptación. Yo siempre digo de broma que "nunca tendrás tantas ganas de divorciarte como el primer año de vida de tu hijo". En verdad no bromeo.
Pero lo normal es que la pareja se readapte y las aguas vuelvan a su cauce. Uno se acostumbra a las nuevas rutinas, forma el vínculo con el bebé, a medida que pasa el tiempo ambos descansais más y... sois padres y estais bien así.
Pero si tener un bebé es una revolución en cualquier casa, tener un bebé con una discapacidad ya es otra historia. Aqui la readaptación es más compleja.
Al cansancio se le unen la incertidumbre, la tristeza, el miedo, el enfado y lo peor de todo, la visión tan distinta que van a tener al principio padre y madre. Es raro estar en la misma etapa de duelo o tener la misma visión de lo que está ocurriendo.
Suele pasar que en una pareja uno de los dos miembros se da cuenta de la realidad antes que el otro. Y esto crea una distancia y una soledad muy difícil de llevar. Y hace mucho daño en la pareja. Daños, que en algunos casos, pueden durar años.
Mi experiencia fue que yo tomé conciencia muy rápido de la realidad. Me di cuenta que lo que le pasaba a mi hijo era una situación grave y que iba a ser para siempre. La dificultad que nos iba a rodear se hizo muy real para mi desde el primer momento.
Mihombre no creía nada de lo que le decían. No le preocupaba absolutamente nada.
Era como si el tema fuese con otras personas.
Estabamos en situaciones emocionales totalmente distintas. Yo, que no podía dejar de llorar, y él que no me podía consolar porque creía que no existía motivo por el que estar así. Así que cada uno estaba enfadado con el otro. No demostrábamos el enfado, pero sí existía una distancia. Recuerdo sentirme muy alejada de él, de pensar que estaría mejor sola.
Había consultas que yo iba sola porque él no quería ni oir lo que iban a decir. Ahora con la distancia me doy cuenta que él estaba en una fase de negación.
No me gustaba estar en esa situación. Lo único que se me ocurrió en ese momento fue buscar momentos para los dos. Cuando Retoño durmiese, durante algún paseo que le daban mis padres.
¿Qué hicimos? Hablar mucho. De todo. Estar los dos implicados en el cuidado. En las terapias.
Formar el vínculo día a día con Retoño. Celebrar cada pequeño avance.
La toma de conciencia de la realidad de Mihombre llegó un día de formar natural. Cuando empezó a ver niños de la misma edad de Retoño se dio cuenta de la diferencia en el neurodesarrollo que existía. Fue así, sin más.
Nosotros llevamos ya tiempo en el que sabemos volver a ser uno más uno igual a dos.
Y esto es muy necesario. Si algo creo que es importante es no olvidar que fuimos y seguimos siendo una pareja. Cada pareja tiene que buscar un equilibrio en el que no estemos metidos en un bucle de reproches, de quien descansa más o quien se implica más, porque eso sólo lleva al hastio y posible futura ruptura. Hay que recordar qué nos unía.
Cada pareja debe buscar lo que le va bien. Algunas de las cosas que nosotros hacemos son:
A veces hay que pedir ayuda el entorno familiar. Se necesitan momentos a solas.
Nosotros cuando estamos solos no hablamos de Retoño, o si hablamos es para decir cosas buenas (para tratar temas médicos o cualquier problema que surja hay otros momentos, no cuando nos vamos de cena).
Cada día hay que tener unos momentos para hablar de temas como antes de ser padres. Cuando Retoño se duerme tenemos nuestro momento de sofá.
Nos damos cuenta cuando el otro está cansado y nos vamos relevando para que ninguno esté sobrecargado.
Nos damos un abrazo al empezar el día.
Nos decimos te quiero muy a menudo. Parece una chorrada, pero es importante. Es algo que no hay que olvidar.
Somos conscientes de que esto no es una carrera de velocidad. Es de marcha, así que vamos a fuego medio.
Tenemos momentos de ocio con Retoño.
Nos reímos mucho de nosotros. La verdad es que bromeamos de cosas increíbles.
Tenemos mucha paciencia mutua.
Es muy dura la situación de ser padres de un niño con discapacidad, por eso, si la pareja funcionaba bien antes, es una pena que se vaya apagando porque la situación nos supere, cuando la mejor forma de salir adelante es en equipo. Pero sí que es cierto que son momentos en los que hay que trabajar por ella, porque si no las dificultades del día a día, la rutina, el cansancio, si sólo se habla para darse el "turno" del cuidado del niño, la tristeza que a veces es inevitable y un millón de cosas más que nos pasan a diario y tenemos que resolver pueden hacer desaparecer esa pareja, que no hacía mucho, era feliz.
sábado, 19 de mayo de 2018
Boda real
Hoy por la mañana estuve viendo con entusiasmo la boda de Harry y Megan. Porque me encantan las bodas. Soy de las que lloran en cada boda y que disfrutan con la ceremonia. Además, como su boda es anglicana, me hizo pensar en la mia, porque también nos casamos por el rito anglicano.
Yo en casa no tengo un príncipe. No me ha tocado un cuento de hadas como el que he visto hoy en la tele. Lo suyo es una boda Real y la nuestra fue una boda real.
En casa tengo un hombre normal y corriente. De los que te cruzas cualquier día por la calle y no te llaman la atención.
A no ser que lo conozcas como yo lo hago.
En casa tengo un hombre que me sigue haciendo sentir especial después de todos estos años.
Que cuando más le gusto es recién levantada por la mañana.
Que me hace sentir que puedo hacer todo lo que me proponga.
Que el apoyo que da es incondicional.
Que hace todas las cosas que yo odio hacer.
Que cuando a mi se me agota la paciencia el demuestra que la suya es infinita.
Que comparte noches de desvelo.
Que nunca me pregunta a que hora voy a volver si decido salir. Porque entiende mi parte individual.
En casa tengo al mejor padre que Retoño podría tener. El que nunca ha dudado de la capacidad de su hijo. El que es su fan y animador incondicional. El padre que nunca ha flaqueado ni en los primeros momentos. Un padre que cuida cada día, de los que están ahí, dando tiempo de calidad. Besando y abrazando a cada rato a Retoño. Riéndose con él.
Que aporta a la casa esa dosis de lentitud que a mi me falta. Que frena los tiempos.
Que dice que tengo un don para todo. Y aunque yo no lo crea, me gusta oirlo.
Que no es romántico, pero cuando quiere ser detallista lo hace muy bien.
Que me escribe cartas por el día de la madre como si fuese Retoño y siempre me hace llorar.
Que se inventa historias raras de cosas cotidianas.
Que a veces me desespera y me dan ganas de gritarle.
Que me hace un zumo de naranja cada mañana.
Que me hace sentir bien. En casa.
Un hombre que está formado de tantas partes buenas que me hace sentir que lo quiero. Y que pasaría por nuestra boda real otra vez. A pesar de las dificultades que luego aparecieron. Porque lo miro y siento que juntos hacemos las cosas bastante bien. No todo el rato, claro, pero sí la mayor parte del tiempo.
Yo en casa no tengo un príncipe. No me ha tocado un cuento de hadas como el que he visto hoy en la tele. Lo suyo es una boda Real y la nuestra fue una boda real.
En casa tengo un hombre normal y corriente. De los que te cruzas cualquier día por la calle y no te llaman la atención.
A no ser que lo conozcas como yo lo hago.
En casa tengo un hombre que me sigue haciendo sentir especial después de todos estos años.
Que cuando más le gusto es recién levantada por la mañana.
Que me hace sentir que puedo hacer todo lo que me proponga.
Que el apoyo que da es incondicional.
Que hace todas las cosas que yo odio hacer.
Que cuando a mi se me agota la paciencia el demuestra que la suya es infinita.
Que comparte noches de desvelo.
Que nunca me pregunta a que hora voy a volver si decido salir. Porque entiende mi parte individual.
En casa tengo al mejor padre que Retoño podría tener. El que nunca ha dudado de la capacidad de su hijo. El que es su fan y animador incondicional. El padre que nunca ha flaqueado ni en los primeros momentos. Un padre que cuida cada día, de los que están ahí, dando tiempo de calidad. Besando y abrazando a cada rato a Retoño. Riéndose con él.
Que aporta a la casa esa dosis de lentitud que a mi me falta. Que frena los tiempos.
Que dice que tengo un don para todo. Y aunque yo no lo crea, me gusta oirlo.
Que no es romántico, pero cuando quiere ser detallista lo hace muy bien.
Que me escribe cartas por el día de la madre como si fuese Retoño y siempre me hace llorar.
Que se inventa historias raras de cosas cotidianas.
Que a veces me desespera y me dan ganas de gritarle.
Que me hace un zumo de naranja cada mañana.
Que me hace sentir bien. En casa.
Un hombre que está formado de tantas partes buenas que me hace sentir que lo quiero. Y que pasaría por nuestra boda real otra vez. A pesar de las dificultades que luego aparecieron. Porque lo miro y siento que juntos hacemos las cosas bastante bien. No todo el rato, claro, pero sí la mayor parte del tiempo.
viernes, 20 de abril de 2018
Los imposibles
Hoy llevé a Retoño al oculista. El oftalmólogo era un señor majo, pero estaba más interesado en la parte neurológica de Retoño que en la suya propia. Yo, como enfermera, lo entiendo. Ese interés médico por algo que desconoces.
Luego dijo : " con esos movimientos ya te dijeron que es imposible que camine, ¿no? "
Le contesté que hace dos años era imposible que gatease. Y que lo hacía.
A la enfermera de la consulta le debió parecer tan brusco que dijo: " bueno, no hay nada imposible en esta vida".
Lo único imposible es perder la esperanza de algo. Aunque sea muy pequeña. Y a veces esa esperanza llega un momento que no es que la pierdas, te das cuenta de que la realidad es otra. Pero a su tiempo.
Entonces pensé en varios momentos de estos cuatro años.
Soy la madre que un día decidió abrazar a su hijo cada noche para que aunque sólo fuese por el olor, su hijo la reconociese. Porque una pediatra le dijo que su hijo no se enteraba de nada.
Soy la madre que pasó días enteros dando biberones, poniendo el niño al pecho y sacándose leche porque su hijo de dos meses rechazó alimentarse y su pediatra le dijo que no tenía ni sensación de hambre y que si por él fuera se dejaría morir.
Soy la madre que un día lloraba por el retraso en el neurodesarrollo de su hijo y tuvo que contestarle a un psicólogo a la pregunta de si quería que su hijo se muriese.
Soy la madre a la que le dijeron que su hijo no tenía nada que ver con un niño de su edad.
Soy la madre a la que tanta información negativa la hizo sentirse incapaz de querer a su hijo.
Soy la madre que cuidó de un bebé aun cuando no tenía fuerzas para levantarse de la cama.
Soy la madre que piensa que nunca va a escuchar la palabra mamá. Y que aun así se la repite cada día a su hijo.
Soy la madre que pasó noches sin dormir porque la pediatra le dijo que vigilase si su hijo hacía movimientos extraños. Soy la madre que experimentó momentos de pánico sin que nadie lo notase.
Soy la madre que intentó que los de alrededor no sufriesen más de lo necesario.
Soy la madre que de pronto se vio que tenía que ser terapeuta, fisioterapeuta y experta en neurología.
Soy la madre que un día se dio cuenta de que no era nada de lo anterior.
Soy la madre que un día se asomó a la cuna de su hijo y vio la realidad: allí sólo había un bebé. Un bebé que sólo esperaba una cosa de su madre: ser querido. Y entonces tomó verdadera conciencia de lo que significaba tener un hijo: amarlo.
Y por eso ahora soy la madre que aunque escuche los imposibles de su hijo, se pone triste, sin dejar que la trsiteza la enrede y le dice a su hijo :
"Tu, a esto ni caso, tu a donde quieras llegar. Para mi ya eres perfecto ahora"
Luego dijo : " con esos movimientos ya te dijeron que es imposible que camine, ¿no? "
Le contesté que hace dos años era imposible que gatease. Y que lo hacía.
A la enfermera de la consulta le debió parecer tan brusco que dijo: " bueno, no hay nada imposible en esta vida".
Lo único imposible es perder la esperanza de algo. Aunque sea muy pequeña. Y a veces esa esperanza llega un momento que no es que la pierdas, te das cuenta de que la realidad es otra. Pero a su tiempo.
Entonces pensé en varios momentos de estos cuatro años.
Soy la madre que un día decidió abrazar a su hijo cada noche para que aunque sólo fuese por el olor, su hijo la reconociese. Porque una pediatra le dijo que su hijo no se enteraba de nada.
Soy la madre que pasó días enteros dando biberones, poniendo el niño al pecho y sacándose leche porque su hijo de dos meses rechazó alimentarse y su pediatra le dijo que no tenía ni sensación de hambre y que si por él fuera se dejaría morir.
Soy la madre que un día lloraba por el retraso en el neurodesarrollo de su hijo y tuvo que contestarle a un psicólogo a la pregunta de si quería que su hijo se muriese.
Soy la madre a la que le dijeron que su hijo no tenía nada que ver con un niño de su edad.
Soy la madre a la que tanta información negativa la hizo sentirse incapaz de querer a su hijo.
Soy la madre que cuidó de un bebé aun cuando no tenía fuerzas para levantarse de la cama.
Soy la madre que piensa que nunca va a escuchar la palabra mamá. Y que aun así se la repite cada día a su hijo.
Soy la madre que pasó noches sin dormir porque la pediatra le dijo que vigilase si su hijo hacía movimientos extraños. Soy la madre que experimentó momentos de pánico sin que nadie lo notase.
Soy la madre que intentó que los de alrededor no sufriesen más de lo necesario.
Soy la madre que de pronto se vio que tenía que ser terapeuta, fisioterapeuta y experta en neurología.
Soy la madre que un día se dio cuenta de que no era nada de lo anterior.
Soy la madre que un día se asomó a la cuna de su hijo y vio la realidad: allí sólo había un bebé. Un bebé que sólo esperaba una cosa de su madre: ser querido. Y entonces tomó verdadera conciencia de lo que significaba tener un hijo: amarlo.
Y por eso ahora soy la madre que aunque escuche los imposibles de su hijo, se pone triste, sin dejar que la trsiteza la enrede y le dice a su hijo :
"Tu, a esto ni caso, tu a donde quieras llegar. Para mi ya eres perfecto ahora"
lunes, 9 de abril de 2018
Gestión emocional
El pasado fin de semana fui a un taller de gestión emocional para padres de niños con discapacidad.
Llevé a mis padres porque me pareció una buena idea. Al fin y al cabo los abuelos son esos sufridores que están al otro lado de la barrera, a la espera de que neceesites algo y poder ayudar.
Este tipo de talleres, para mi, nunca están de más. Porque nadie está preparado para una situación así. Y hay personas que cuentan de serie con más o menos herramientas emocionales, pero aunque tengamos muchas, nunca son suficientes.
Yo creo que soy bastante realista con la situación que vivo e intento tirar para adelante con optimismo. No un optimismo que espera que de pronto la realidad cambie, que va (que ojo, he conocido padres que esperan que sus hijos curen. Aun sin estar enfermos. Su realidad no es una enfermedad y todavía no se dieron cuenta), mi optimismo va por el camino de intentar disfrutar cada día.
Pero es cierto que hay días que ni todo el optimismo del mundo funciona. Hay días que dices "mira, yo hoy paso, esto es un rollo"
La mochila que llevamos cada día los padres de niños con discapacidad pesa un poco más que la de los demás. Porque la carga emocional añade bastante peso. Esto es una realidad.
Y vives un abanico emocional grande. Y haces un esfuerzo por equilibrarlo. Pero a veces necesitamos ayuda.
Y la ayuda se puede dar a través de la empatía. Y no siempre la tenemos. Hay gente que entiende nuestra situación vital y gente que no.
Hay días que necesitamos que nos tiendan la alfombra roja. En el trabajo, los amigos... Un poco de paciencia y que entiendan que, a veces, no podemos con todo.
Tenemos un nivel de exigencia diario muy grande. Y aun así intentamos lidiar con todo tipo de relaciones sociales y estar a la altura.
No tenemos ningún día de descanso.
Y por todo esto a veces las emociones se descontrolan.
Estuvo interesante el taller de emociones. Entender lo que siento es muy útil.
Pero a veces también me gustaría que los de alrededor me entendiesen. Que me diesen un descanso.
Que se preocupasen por mi. Que me preguntasen cómo me va. Que entendiesen que yo también, a veces, lo paso mal. Que la indiferencia me hace daño. Que yo, con todo, no puedo.
Que se pusiesen en mi lugar por un momento.
Porque cuando estás acostumbrado a que alguien te de sin esperar nada a cambio, no lo valoras.
Y hay pequeñas cosas, casi estúpidas, que a las personas que somos hipersensibles, nos hacen mucho daño.
Porque a veces tenemos que gestionar emociones tan grandes que las pequeñas ya no sabemos. En esas estoy a la deriva. Dependiendo de la buena fe de la persona que tengo al otro lado de la conversación.
Llevé a mis padres porque me pareció una buena idea. Al fin y al cabo los abuelos son esos sufridores que están al otro lado de la barrera, a la espera de que neceesites algo y poder ayudar.
Este tipo de talleres, para mi, nunca están de más. Porque nadie está preparado para una situación así. Y hay personas que cuentan de serie con más o menos herramientas emocionales, pero aunque tengamos muchas, nunca son suficientes.
Yo creo que soy bastante realista con la situación que vivo e intento tirar para adelante con optimismo. No un optimismo que espera que de pronto la realidad cambie, que va (que ojo, he conocido padres que esperan que sus hijos curen. Aun sin estar enfermos. Su realidad no es una enfermedad y todavía no se dieron cuenta), mi optimismo va por el camino de intentar disfrutar cada día.
Pero es cierto que hay días que ni todo el optimismo del mundo funciona. Hay días que dices "mira, yo hoy paso, esto es un rollo"
La mochila que llevamos cada día los padres de niños con discapacidad pesa un poco más que la de los demás. Porque la carga emocional añade bastante peso. Esto es una realidad.
Y vives un abanico emocional grande. Y haces un esfuerzo por equilibrarlo. Pero a veces necesitamos ayuda.
Y la ayuda se puede dar a través de la empatía. Y no siempre la tenemos. Hay gente que entiende nuestra situación vital y gente que no.
Hay días que necesitamos que nos tiendan la alfombra roja. En el trabajo, los amigos... Un poco de paciencia y que entiendan que, a veces, no podemos con todo.
Tenemos un nivel de exigencia diario muy grande. Y aun así intentamos lidiar con todo tipo de relaciones sociales y estar a la altura.
No tenemos ningún día de descanso.
Y por todo esto a veces las emociones se descontrolan.
Estuvo interesante el taller de emociones. Entender lo que siento es muy útil.
Pero a veces también me gustaría que los de alrededor me entendiesen. Que me diesen un descanso.
Que se preocupasen por mi. Que me preguntasen cómo me va. Que entendiesen que yo también, a veces, lo paso mal. Que la indiferencia me hace daño. Que yo, con todo, no puedo.
Que se pusiesen en mi lugar por un momento.
Porque cuando estás acostumbrado a que alguien te de sin esperar nada a cambio, no lo valoras.
Y hay pequeñas cosas, casi estúpidas, que a las personas que somos hipersensibles, nos hacen mucho daño.
Porque a veces tenemos que gestionar emociones tan grandes que las pequeñas ya no sabemos. En esas estoy a la deriva. Dependiendo de la buena fe de la persona que tengo al otro lado de la conversación.
domingo, 8 de abril de 2018
Espera
A veces echas de menos algo que nunca has tenido.
Lavas las heridas abiertas con lágrimas.
Y abres las heridas cerradas con llanto.
Te quedas mirando ese punto en la distancia, intentando averiguar si es un punto y final o un punto y seguido.
Escuchas el silencio propio intentando escuchar gritos ajenos.
Caminas rápido porque si te paras te tropiezas y te caes.
Le sonries a la tristeza. Esperando confundirla y que se convierta en felicidad.
Escondes la cabeza esperando que el miedo no te encuentre. Y te echas a temblar mientras te mientes diciendo que es sólo que la ventana está abierta.
Esa ventana que permanece con persiana bajada y no entiendes porque el sol no es capaz de entrar por cualquier esquina.
Porque tu le das la espalda.
Mientes a todo tu alrededor, a ver si logras ser tu, por fin, la engañada.
Pero no lo logras. La verdad está presente en cada despertador que suena.
Y en cada día que te espera.
Te habla, pero tu miras hacia otro lado.
Y sigues esperando algo que no llega.
Lavas las heridas abiertas con lágrimas.
Y abres las heridas cerradas con llanto.
Te quedas mirando ese punto en la distancia, intentando averiguar si es un punto y final o un punto y seguido.
Escuchas el silencio propio intentando escuchar gritos ajenos.
Caminas rápido porque si te paras te tropiezas y te caes.
Le sonries a la tristeza. Esperando confundirla y que se convierta en felicidad.
Escondes la cabeza esperando que el miedo no te encuentre. Y te echas a temblar mientras te mientes diciendo que es sólo que la ventana está abierta.
Esa ventana que permanece con persiana bajada y no entiendes porque el sol no es capaz de entrar por cualquier esquina.
Porque tu le das la espalda.
Mientes a todo tu alrededor, a ver si logras ser tu, por fin, la engañada.
Pero no lo logras. La verdad está presente en cada despertador que suena.
Y en cada día que te espera.
Te habla, pero tu miras hacia otro lado.
Y sigues esperando algo que no llega.
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