domingo, 8 de abril de 2018

Espera

A veces echas de menos algo que nunca has tenido.
Lavas las heridas abiertas con lágrimas.
Y abres las heridas cerradas con llanto.
Te quedas mirando ese punto en la distancia, intentando averiguar si es un punto y final o un punto y seguido.
Escuchas el silencio propio intentando escuchar gritos ajenos.
Caminas rápido porque si te paras te tropiezas y te caes.
Le sonries a la tristeza. Esperando confundirla y que se convierta en felicidad.
Escondes la cabeza esperando que el miedo no te encuentre. Y te echas a temblar mientras te mientes diciendo que es sólo que la ventana está abierta.
Esa ventana que permanece con persiana bajada y no entiendes porque el sol no es capaz de entrar por cualquier esquina.
Porque tu le das la espalda.
Mientes a todo tu alrededor, a ver si logras ser tu, por fin, la engañada.
Pero no lo logras. La verdad está presente en cada despertador que suena.
Y en cada día que te espera.
Te habla, pero tu miras hacia otro lado.
Y sigues esperando algo que no llega.

lunes, 19 de marzo de 2018

Susto (para mi grande)

Tengo unos nervios tremendos desde el mediodía. Por eso escribo ahora aquí lo que me ha pasado y a ver si me lo saco ya de encima y acabo el día.
Estábamos en un paso de cebra cuando de repente nos golpearon por atrás. Es increíble el sonido que hacen dos coches al chocar aunque sea a poca velocidad. Con la inercia yo me desplacé hacia delante golpeando de nuevo a otro coche (el de delante) y repitiendo sonido.
Retoño empezó a gritar en su silla de coche. Su padre iba a su lado y empezó a calmarlo. Yo me asusté mucho.
Le grité al chico que nos dio que llevaba un niño pequeño dentro, que si no veía o qué. El pobre diciendo que no lo había hecho a propósito, que se había puesto nervioso. Y yo seguía repitiendo como una idiota a gritos lo del niño. Luego lo culpé de mandarme el coche al desgüace. Como si el tuviese culpa de que yo tuviese un coche tan viejo.
Porque tengo el coche tan aboyado por los dos lados que el arreglo cuesta más que el valor del coche.
Luego cuando me relajé viendo que Retoño estaba bien y ya no lloraba le pedí disculpas por haberle gritado, que me había puesto nerviosa por llevar al niño. Pero la verdad es que a mi eso no me sirve para sentirme mejor. Él no tuvo el accidente a propósito. Que después cai que el chico no tiene rayos x como para saber quien va dentro de cada coche.
Total, que me asusté muchísimo y me puse muy nerviosa.
Luego llegué a casa y tenía ganas de llorar pensando en lo fácil que le puede pasar algo a Retoño.
Y me angustié mucho, mucho. Además Mihombre se tuvo que marchar y me quedé sola con todo el miedo materno dentro.
Y que no ha pasado nada al fin y al cabo (bueno, que me quedo sin coche) pero llevo un día muy malo.
Y quiero que se acabe el día y encontrarme mejor. Que cada vez que me acuerdo me entra un susto tremendo.

jueves, 8 de marzo de 2018

Cuatro años pequeñitos

Son las 10:25. Hace cuatro años te faltaba exactamente una hora para nacer. Hace cuatro años pasé la noche durmiendo a intervalos de cuatro minutos, entre contracciones. Hace cuatro años estaba soportando el máximo dolor que había sentido jamás pero que no me importaba. Porque sólo pensaba en ti.
Pero había dos cosas que desconocía hace cuatro años: tu condición genética "diferente" y en lo mucho que te iba a querer.
Lo que no podemos negar es que han sido cuatro años intensos. Con las emociones siempre a flor de piel.
No lo hemos pasado bien al principio, no nos vamos a engañar. Ha sido muy difícil. Que los planes de vida que tenía tan bien instalados en mi cabeza se hiciesen añicos de la noche al día fue muy duro.
No era mi plan llenar los días de consultas, terapias, pruebas...
Pero luego tu pusiste tanto de tu parte que los huecos se fueron rellenando con abrazos, besos, canciones, paseos, juegos, sonrisas y carcajadas. La verdad es que pusiste tanto empeño que acabé enamorandome de ti.
Te miro y llenas el centro de mi ser. Eres el amor de mi vida (ya le he pedido disculpas a tu padre).
Seguimos teniendo muchas obligaciones, pero sabemos pasarnoslo bien en cuanto nos dejan un rato.
Aunque haya días difíciles, con preocupaciones, disfruto mucho con cada mirada tuya. Soy feliz siendo tu madre. Porque te quiero tanto que no te lo podrías llegar a imaginar.
Esta noche me emocionaba pensando en estos cuatro años. En que eres mi compañerito de camino. En lo mucho que te quiero. En lo mucho que te necesito. Esta noche volví a sentir que teníamos un cordón umbilical invisible. Tu no te enteraste, pero te cogí de tu lado de la cama y te puse encima. Te quería cerca. Porque hace cuatro años pensaba que ya te quería mucho, pero no imaginaba lo mucho más que te iba a querer.
Feliz cumpleaños, mi pequeño marsupial, que sigues creciendo en mis brazos.

domingo, 4 de marzo de 2018

El planeta Umbú

En casa tenemos una costumbre que es inventarnos historias surrealistas sobre sucesos cotidianos. Que vemos una noticia curiosa en la tele, nos inventamos la continuación o la precuela de la historia. El único requisito es que sea inverosímil. A cuanto más extraño el desenlace, mejor.
Y esta costumbre la pusimos en práctica con lo que nos estaba pasando en nuestra vivencia como padres.
Al principio de todo, cuando no entendíamos nada de lo que pasaba, cuando ningún profesional nos explicaba por qué Retoño no era capaz de fijar la vista (u otras dificultades), desconocíamos la causa y el futuro nos asustaba, nos inventamos una historia que nos daba una explicación. Surrealista, por supuesto.
Y así el planeta Umbú llegó a nosotros.
Nosotros estabamos tan tranquilos un día en casa, viendo una serie, que es una de nuestras aficciones favoritas, cuando de repente escuchamos un estruendo en el baño. La gata vino a maullarnos desconsoladamente y sólo se calmó cuando la seguimos al lugar del ruido que habíamos escuchado previamente.
Entramos en el baño y un humo azul cubría todo. Cuando logramos ver algo encontramos un pequeño bebé con una nota que ponía "necesito aprender todo sobre la Tierra. Vengo del planeta Umbú. En contacto con la atmósfera terrestre tomo forma de bebé humano". Nos dimos cuenta que el umbuniano había tenido un mal aterrizaje y no sabíamos si se había hecho daño.
La verdad es que cuidar de algo desconocido nos asustaba bastante, porque no sabíamos exactamente que había que hacer y no conocíamos a nadie que le aterrizase en casa otro umbuniano.
Así que los primeros meses fueron duros por que a nosotros nadie nos preparó para tal acontecimiento intergaláctico.
Cuando dejamos de temblar del susto comenzamos a enseñarle las costumbres de nuestra familia. Porque al fin y al cabo hizo un viaje tan difícil para esto y no podíamos decepcionarlo. Al mismo tiempo comenzamos a interesarnos por sus características.
Su lenguaje se caracteriza por decir Umbú repetidamente.
Le cuesta mirar directamente las caras porque los umbunianos son mucho más bonitos que nosotros, y claro, acostumbrarse a nuestros caretos no es fácil.
No le gusta mucho la comida terrestre. Es que ellos están acostumbrados a vivir de gas Arekipa.
Crecen con el sol y los abrazos.
Lo de caminar no le atrae mucho. En el planeta Umbú usan teletransporte. Así que se piensa que ir en brazos es teletransportarse.
Los umbunianos tienen muy buen carácter. Son muy afables y tienden a estar felices.
Su misión va a durar más tiempo del pensado. Debido al mal aterrizaje que tuvo las herramientas que traía para recoger información quedaron bastante dañadas. Aunque no nos importa.
Él no lo sabe, pero ya no lo vamos a dejar volver a su planeta. Ahora ya forma parte del nuestro.

jueves, 1 de febrero de 2018

La tetera

Entre las cosas que me gustan están los pequeños rituales. Esos actos que te obligan a detenerte un poco y dedicarte tiempo a ti misma.
Puede ser cualquier "tontería" que te ayude a frenar un poco. Como sacar la tetera.
Cuando Retoño tenía un año descubrí que existían infusiones más allá de la manzanilla. Y que las que vendían a granel requerían un mínimo de dedicación, algo más que meter la bolsita en la taza y listo.
Entonces me compré la tetera. Hacerse una infusión no tiene ningún misterio, lo sé. Pero en ese momento (Retoño apenas tenía un año, eran momentos de adaptación...) me obligaba a tomar sólo consciencia del momento de elaboración de la infusión. Poner la tetera al fuego, echar las cucharadas necesarias del té o infusión previamente escogido, esperar el siseo del agua hirviendo, ese pitido de la tetera que me hacía sentir con los pies en casa, protegida. La espera de la infusión y tomarla después, sin pensar en nada.
Algo tan sencillo como esto eran a lo mejor los únicos diez minutos que mi mente conseguía estar quieta en un día entero.
Así como el momento en que iba a comprar las infusiones, que se convertía en algo muy agradable, oler los distintos tés y pensar cual me apetecía probar. Pensar en ese momento de satisfacción que me iba a dar.
Por eso este ritual se convirtió en algo tan importante para mi durante unos meses.
Luego con el tiempo, mi cabeza empezó a estar calmada, me regalaron un hervidor de agua eléctrico, la necesidad de ese ritual disminuyó y la tetera acabó al fondo del armario.
Pero hoy he vuelto a sacar la tetera. He abierto el cajón de las infusiones. Y me he sentido reconfortada.
Sin darme cuenta creé un ritual al que puedo ir y sentir una sensación agradable. Darme cuenta que en un momento de caos logré tomar el control de la situación. Sentirme reconfortada cada vez que escucho ese pitido inconfundible y luego pararme. A saborear. La infusión. Ese momento.

martes, 23 de enero de 2018

Desbordada

Cuando eres madre el nivel de exigencia que se crea a veces te desborda.
Este mes estoy desbordada.
Se me han juntado un montón de "tengo que". 
Retoño se ha puesto enfermo una semana en la que todo el tiempo ya fue para él. Y el agobio añadido por verlo mal.
Mi gata Pelusa hizo un conato de muerte inminente por lo que estuve una semana entera llevándola todos los días al veterinario. Ahora por lo menos ya le doy la medicación en casa y ha abandonado el conato de muerte. Parece que a esta sobrevive.
Retoño ha descubierto las perrenchas y que tiene un buen chorro de voz. Grita con ganas a cualquier hora del día si algo no ocurre como él quiere. Lo mejor de todo es que también esto puede ocurrir a cualquier hora de la noche. Así que ahora me voy con el miedo a cama de que se ponga a llorar y gritar a las cinco de la mañana.
He tenido que arreglar un montón de papeles. De verdad, que pereza. Y cada papel con su subpapel y su subsubpapel.
He descubierto que hay gente que no sabes de que va. Ahora te quiero ahora paso de ti. A mi estas cosas no me van. No entiendo nada. ¿me quieres o qué quieres? Y me duele, que conste. Porque yo cuando digo las cosas, van en serio. 
Tengo tantas horas de falta de sueño que llevo prácticamente todo el mes con migraña, el estómago revuelto y mareada. Me cuesta hasta pensar.
Que ahora que lo pienso, no es para tanto nada. Pero es que tengo un cansancio acumulado que hace que sea todo cuesta arriba. Hoy pensé que me daba algo cuando descubrí que el mando de la furgoneta se había quedado sin pila. Hasta ese punto de desborde estoy.
Tengo que...descansar.
Menos mal que tengo una madre amantísima que nos deja ir a comer estos días a su casa y un marido con mucha calma.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Un Papa Noel de pacotilla

Retoño tiene casi cuatro años. Y no sabe lo que es la navidad. Pero yo sí. Y la vivo con toda la ilusión de una madre con un niño pequeño en casa. Porque aunque él no sepa lo que significa, sí muestra ilusión con la luces, las canciones y los adornos navideños. Por eso decoro la casa, lo llevo a ver un Belén articulado que hay en nuestro pueblo, lo llevo a ver la cabalgata de Reyes y también va a visitar a Papa Noel. Porque no entiende lo que significa, pero mira boquiabierto y disfruta. Y yo, como madre de un niño pequeño, disfruto a su lado.
Pues hoy lo llevé al centro comercial a ver a Papa Noel. Fui con una amiga que tiene una niña algo más pequeña que Retoño. Y allí estaba el hombre de rojo, saludando a los niños. Se acercó a la niña de mi amiga, le preguntó como se llamaba, que pedía de regalos...lo típico. Retoño al lado, en su silla de ruedas. Cuando acabó con la niña de mi amiga, ¿qué pensais que pasó? Pues que el hombre de rojo siguió su camino, acercándose a otros niños. Retoño se quedó sin visita de Papa Noel.
A él no le afecta algo así, porque no es consciente de estas cosas. Pero a mi sí.
Me hirvió la sangre de tal forma que cuando me lo volví a cruzar de frente lo llame y más o menos le dije que cuando viese a un niño en silla de ruedas, que también le hablase a él. Que era como cualquier otro niño. Que no podía tener a dos niños juntos y hablarle a uno sí y a otro no.
Se acercó a Retoño y le preguntó que quería de regalo. Contesté yo por él "igualdad y libros del pollo Pepe".
A mi no me gusta este tipo de situación. Odio los conflictos. Pero me doy cuenta que por Retoño no soy capaz de callarme.
También soy consciente que el hombre de rojo no lo hizo con mala intención. Lo más seguro es que se vio en una situación en la que no supo como actuar.
Y esta situación es muy simple y que no tiene mayor importancia. Pero me hace tomar conciencia de la cantidad de situaciones similares y mucho peores que nos esperan en la vida.
Y no me pienso callar en ninguna.
Sé que si se encuentra otro niño con diversidad este hombre se va a acordar de mi. E igual lo hace mejor.
Luego llegué a casa y le conté a Mihombre lo que nos había pasado. Y vi lo que a él también le dolía.
Me abrazó y me dijo que Retoño tenía a su lado una leona que lo protegía.
Ojalá las personas con diversidad funcional no necesitasen a nadie que aun a día de hoy tienen que rugir por ellos.