En casa tenemos una costumbre que es inventarnos historias surrealistas sobre sucesos cotidianos. Que vemos una noticia curiosa en la tele, nos inventamos la continuación o la precuela de la historia. El único requisito es que sea inverosímil. A cuanto más extraño el desenlace, mejor.
Y esta costumbre la pusimos en práctica con lo que nos estaba pasando en nuestra vivencia como padres.
Al principio de todo, cuando no entendíamos nada de lo que pasaba, cuando ningún profesional nos explicaba por qué Retoño no era capaz de fijar la vista (u otras dificultades), desconocíamos la causa y el futuro nos asustaba, nos inventamos una historia que nos daba una explicación. Surrealista, por supuesto.
Y así el planeta Umbú llegó a nosotros.
Nosotros estabamos tan tranquilos un día en casa, viendo una serie, que es una de nuestras aficciones favoritas, cuando de repente escuchamos un estruendo en el baño. La gata vino a maullarnos desconsoladamente y sólo se calmó cuando la seguimos al lugar del ruido que habíamos escuchado previamente.
Entramos en el baño y un humo azul cubría todo. Cuando logramos ver algo encontramos un pequeño bebé con una nota que ponía "necesito aprender todo sobre la Tierra. Vengo del planeta Umbú. En contacto con la atmósfera terrestre tomo forma de bebé humano". Nos dimos cuenta que el umbuniano había tenido un mal aterrizaje y no sabíamos si se había hecho daño.
La verdad es que cuidar de algo desconocido nos asustaba bastante, porque no sabíamos exactamente que había que hacer y no conocíamos a nadie que le aterrizase en casa otro umbuniano.
Así que los primeros meses fueron duros por que a nosotros nadie nos preparó para tal acontecimiento intergaláctico.
Cuando dejamos de temblar del susto comenzamos a enseñarle las costumbres de nuestra familia. Porque al fin y al cabo hizo un viaje tan difícil para esto y no podíamos decepcionarlo. Al mismo tiempo comenzamos a interesarnos por sus características.
Su lenguaje se caracteriza por decir Umbú repetidamente.
Le cuesta mirar directamente las caras porque los umbunianos son mucho más bonitos que nosotros, y claro, acostumbrarse a nuestros caretos no es fácil.
No le gusta mucho la comida terrestre. Es que ellos están acostumbrados a vivir de gas Arekipa.
Crecen con el sol y los abrazos.
Lo de caminar no le atrae mucho. En el planeta Umbú usan teletransporte. Así que se piensa que ir en brazos es teletransportarse.
Los umbunianos tienen muy buen carácter. Son muy afables y tienden a estar felices.
Su misión va a durar más tiempo del pensado. Debido al mal aterrizaje que tuvo las herramientas que traía para recoger información quedaron bastante dañadas. Aunque no nos importa.
Él no lo sabe, pero ya no lo vamos a dejar volver a su planeta. Ahora ya forma parte del nuestro.
domingo, 4 de marzo de 2018
jueves, 1 de febrero de 2018
La tetera
Entre las cosas que me gustan están los pequeños rituales. Esos actos que te obligan a detenerte un poco y dedicarte tiempo a ti misma.
Puede ser cualquier "tontería" que te ayude a frenar un poco. Como sacar la tetera.
Cuando Retoño tenía un año descubrí que existían infusiones más allá de la manzanilla. Y que las que vendían a granel requerían un mínimo de dedicación, algo más que meter la bolsita en la taza y listo.
Entonces me compré la tetera. Hacerse una infusión no tiene ningún misterio, lo sé. Pero en ese momento (Retoño apenas tenía un año, eran momentos de adaptación...) me obligaba a tomar sólo consciencia del momento de elaboración de la infusión. Poner la tetera al fuego, echar las cucharadas necesarias del té o infusión previamente escogido, esperar el siseo del agua hirviendo, ese pitido de la tetera que me hacía sentir con los pies en casa, protegida. La espera de la infusión y tomarla después, sin pensar en nada.
Algo tan sencillo como esto eran a lo mejor los únicos diez minutos que mi mente conseguía estar quieta en un día entero.
Así como el momento en que iba a comprar las infusiones, que se convertía en algo muy agradable, oler los distintos tés y pensar cual me apetecía probar. Pensar en ese momento de satisfacción que me iba a dar.
Por eso este ritual se convirtió en algo tan importante para mi durante unos meses.
Luego con el tiempo, mi cabeza empezó a estar calmada, me regalaron un hervidor de agua eléctrico, la necesidad de ese ritual disminuyó y la tetera acabó al fondo del armario.
Pero hoy he vuelto a sacar la tetera. He abierto el cajón de las infusiones. Y me he sentido reconfortada.
Sin darme cuenta creé un ritual al que puedo ir y sentir una sensación agradable. Darme cuenta que en un momento de caos logré tomar el control de la situación. Sentirme reconfortada cada vez que escucho ese pitido inconfundible y luego pararme. A saborear. La infusión. Ese momento.
Puede ser cualquier "tontería" que te ayude a frenar un poco. Como sacar la tetera.
Cuando Retoño tenía un año descubrí que existían infusiones más allá de la manzanilla. Y que las que vendían a granel requerían un mínimo de dedicación, algo más que meter la bolsita en la taza y listo.
Entonces me compré la tetera. Hacerse una infusión no tiene ningún misterio, lo sé. Pero en ese momento (Retoño apenas tenía un año, eran momentos de adaptación...) me obligaba a tomar sólo consciencia del momento de elaboración de la infusión. Poner la tetera al fuego, echar las cucharadas necesarias del té o infusión previamente escogido, esperar el siseo del agua hirviendo, ese pitido de la tetera que me hacía sentir con los pies en casa, protegida. La espera de la infusión y tomarla después, sin pensar en nada.
Algo tan sencillo como esto eran a lo mejor los únicos diez minutos que mi mente conseguía estar quieta en un día entero.
Así como el momento en que iba a comprar las infusiones, que se convertía en algo muy agradable, oler los distintos tés y pensar cual me apetecía probar. Pensar en ese momento de satisfacción que me iba a dar.
Por eso este ritual se convirtió en algo tan importante para mi durante unos meses.
Luego con el tiempo, mi cabeza empezó a estar calmada, me regalaron un hervidor de agua eléctrico, la necesidad de ese ritual disminuyó y la tetera acabó al fondo del armario.
Pero hoy he vuelto a sacar la tetera. He abierto el cajón de las infusiones. Y me he sentido reconfortada.
Sin darme cuenta creé un ritual al que puedo ir y sentir una sensación agradable. Darme cuenta que en un momento de caos logré tomar el control de la situación. Sentirme reconfortada cada vez que escucho ese pitido inconfundible y luego pararme. A saborear. La infusión. Ese momento.
martes, 23 de enero de 2018
Desbordada
Cuando eres madre el nivel de exigencia que se crea a veces te desborda.
Este mes estoy desbordada.
Se me han juntado un montón de "tengo que".
Retoño se ha puesto enfermo una semana en la que todo el tiempo ya fue para él. Y el agobio añadido por verlo mal.
Mi gata Pelusa hizo un conato de muerte inminente por lo que estuve una semana entera llevándola todos los días al veterinario. Ahora por lo menos ya le doy la medicación en casa y ha abandonado el conato de muerte. Parece que a esta sobrevive.
Retoño ha descubierto las perrenchas y que tiene un buen chorro de voz. Grita con ganas a cualquier hora del día si algo no ocurre como él quiere. Lo mejor de todo es que también esto puede ocurrir a cualquier hora de la noche. Así que ahora me voy con el miedo a cama de que se ponga a llorar y gritar a las cinco de la mañana.
He tenido que arreglar un montón de papeles. De verdad, que pereza. Y cada papel con su subpapel y su subsubpapel.
He descubierto que hay gente que no sabes de que va. Ahora te quiero ahora paso de ti. A mi estas cosas no me van. No entiendo nada. ¿me quieres o qué quieres? Y me duele, que conste. Porque yo cuando digo las cosas, van en serio.
Tengo tantas horas de falta de sueño que llevo prácticamente todo el mes con migraña, el estómago revuelto y mareada. Me cuesta hasta pensar.
Que ahora que lo pienso, no es para tanto nada. Pero es que tengo un cansancio acumulado que hace que sea todo cuesta arriba. Hoy pensé que me daba algo cuando descubrí que el mando de la furgoneta se había quedado sin pila. Hasta ese punto de desborde estoy.
Tengo que...descansar.
Menos mal que tengo una madre amantísima que nos deja ir a comer estos días a su casa y un marido con mucha calma.
domingo, 24 de diciembre de 2017
Un Papa Noel de pacotilla
Retoño tiene casi cuatro años. Y no sabe lo que es la navidad. Pero yo sí. Y la vivo con toda la ilusión de una madre con un niño pequeño en casa. Porque aunque él no sepa lo que significa, sí muestra ilusión con la luces, las canciones y los adornos navideños. Por eso decoro la casa, lo llevo a ver un Belén articulado que hay en nuestro pueblo, lo llevo a ver la cabalgata de Reyes y también va a visitar a Papa Noel. Porque no entiende lo que significa, pero mira boquiabierto y disfruta. Y yo, como madre de un niño pequeño, disfruto a su lado.
Pues hoy lo llevé al centro comercial a ver a Papa Noel. Fui con una amiga que tiene una niña algo más pequeña que Retoño. Y allí estaba el hombre de rojo, saludando a los niños. Se acercó a la niña de mi amiga, le preguntó como se llamaba, que pedía de regalos...lo típico. Retoño al lado, en su silla de ruedas. Cuando acabó con la niña de mi amiga, ¿qué pensais que pasó? Pues que el hombre de rojo siguió su camino, acercándose a otros niños. Retoño se quedó sin visita de Papa Noel.
A él no le afecta algo así, porque no es consciente de estas cosas. Pero a mi sí.
Me hirvió la sangre de tal forma que cuando me lo volví a cruzar de frente lo llame y más o menos le dije que cuando viese a un niño en silla de ruedas, que también le hablase a él. Que era como cualquier otro niño. Que no podía tener a dos niños juntos y hablarle a uno sí y a otro no.
Se acercó a Retoño y le preguntó que quería de regalo. Contesté yo por él "igualdad y libros del pollo Pepe".
A mi no me gusta este tipo de situación. Odio los conflictos. Pero me doy cuenta que por Retoño no soy capaz de callarme.
También soy consciente que el hombre de rojo no lo hizo con mala intención. Lo más seguro es que se vio en una situación en la que no supo como actuar.
Y esta situación es muy simple y que no tiene mayor importancia. Pero me hace tomar conciencia de la cantidad de situaciones similares y mucho peores que nos esperan en la vida.
Y no me pienso callar en ninguna.
Sé que si se encuentra otro niño con diversidad este hombre se va a acordar de mi. E igual lo hace mejor.
Luego llegué a casa y le conté a Mihombre lo que nos había pasado. Y vi lo que a él también le dolía.
Me abrazó y me dijo que Retoño tenía a su lado una leona que lo protegía.
Ojalá las personas con diversidad funcional no necesitasen a nadie que aun a día de hoy tienen que rugir por ellos.
Pues hoy lo llevé al centro comercial a ver a Papa Noel. Fui con una amiga que tiene una niña algo más pequeña que Retoño. Y allí estaba el hombre de rojo, saludando a los niños. Se acercó a la niña de mi amiga, le preguntó como se llamaba, que pedía de regalos...lo típico. Retoño al lado, en su silla de ruedas. Cuando acabó con la niña de mi amiga, ¿qué pensais que pasó? Pues que el hombre de rojo siguió su camino, acercándose a otros niños. Retoño se quedó sin visita de Papa Noel.
A él no le afecta algo así, porque no es consciente de estas cosas. Pero a mi sí.
Me hirvió la sangre de tal forma que cuando me lo volví a cruzar de frente lo llame y más o menos le dije que cuando viese a un niño en silla de ruedas, que también le hablase a él. Que era como cualquier otro niño. Que no podía tener a dos niños juntos y hablarle a uno sí y a otro no.
Se acercó a Retoño y le preguntó que quería de regalo. Contesté yo por él "igualdad y libros del pollo Pepe".
A mi no me gusta este tipo de situación. Odio los conflictos. Pero me doy cuenta que por Retoño no soy capaz de callarme.
También soy consciente que el hombre de rojo no lo hizo con mala intención. Lo más seguro es que se vio en una situación en la que no supo como actuar.
Y esta situación es muy simple y que no tiene mayor importancia. Pero me hace tomar conciencia de la cantidad de situaciones similares y mucho peores que nos esperan en la vida.
Y no me pienso callar en ninguna.
Sé que si se encuentra otro niño con diversidad este hombre se va a acordar de mi. E igual lo hace mejor.
Luego llegué a casa y le conté a Mihombre lo que nos había pasado. Y vi lo que a él también le dolía.
Me abrazó y me dijo que Retoño tenía a su lado una leona que lo protegía.
Ojalá las personas con diversidad funcional no necesitasen a nadie que aun a día de hoy tienen que rugir por ellos.
domingo, 10 de diciembre de 2017
Grandes placeres
Llegar a casa congelada por el frío y pegarme una ducha de agua caliente. Tomar un chocolate con buñuelos en mi lugar favorito. Que mi abuela me compre unos calcetines de lana porque recuerda los fríos que tenía los pies cuando era pequeña.
Que Retoño se duerma temprano y ver una película que me encante.
Poder encender la calefacción cada día. Que una amiga me regale una bufanda. Los reencuentros por navidad.
El "¿subís a tomar una cerveza?" Y que la cerveza se prolongue con unas pizzas.
Poder dedicar tiempo a cocinar. Comerme unas sopas de ajo. Tener gatos ronroneando a mi lado.
Pensar en la cara que se le va a quedar a mi madre cuando vea su regalo de navidad.
Viajar. A cualquier lugar. Pero en buena compañía.
Hacer planes. Tener ilusiones. Ir a un espectáculo de magia. Y quedarme con la boca abierta como si tuviese seis años.
Montar el belén. Y poner como nueva figura un niño de playmobil en su silla de ruedas. Con su padre al lado. Porque queremos la inclusión en todos los lugares.
Llegar a la guardería a por Retoño y encontrarlo sonriente, jugando.
Que la gente cercana te diga cuanto lo quieren.
Ver cada día a Mihombre. Echarlo de menos cuando no está.
Ver otro año más "Solo en casa".
Que el encendido de la navidad me pille en Lisboa. Y que logre emocionarme.
Oir la lluvia mientras estoy en casa.
Tener amigos a los que poder llamar. No intentar ser lo que no soy con nadie. No tener nada por lo que mentir.
Que un juguete "abandonado" en casa despierte de repente el interés de Retoño. Sus carcajadas. El que se agarre a nosotros cuando tiene miedo. Que nos reconozca. Que nos quiera.
Que Retoño se duerma temprano y ver una película que me encante.
Poder encender la calefacción cada día. Que una amiga me regale una bufanda. Los reencuentros por navidad.
El "¿subís a tomar una cerveza?" Y que la cerveza se prolongue con unas pizzas.
Poder dedicar tiempo a cocinar. Comerme unas sopas de ajo. Tener gatos ronroneando a mi lado.
Pensar en la cara que se le va a quedar a mi madre cuando vea su regalo de navidad.
Viajar. A cualquier lugar. Pero en buena compañía.
Hacer planes. Tener ilusiones. Ir a un espectáculo de magia. Y quedarme con la boca abierta como si tuviese seis años.
Montar el belén. Y poner como nueva figura un niño de playmobil en su silla de ruedas. Con su padre al lado. Porque queremos la inclusión en todos los lugares.
Llegar a la guardería a por Retoño y encontrarlo sonriente, jugando.
Que la gente cercana te diga cuanto lo quieren.
Ver cada día a Mihombre. Echarlo de menos cuando no está.
Ver otro año más "Solo en casa".
Que el encendido de la navidad me pille en Lisboa. Y que logre emocionarme.
Oir la lluvia mientras estoy en casa.
Tener amigos a los que poder llamar. No intentar ser lo que no soy con nadie. No tener nada por lo que mentir.
Que un juguete "abandonado" en casa despierte de repente el interés de Retoño. Sus carcajadas. El que se agarre a nosotros cuando tiene miedo. Que nos reconozca. Que nos quiera.
domingo, 12 de noviembre de 2017
El colecho
Hace tiempo que tenía ganas de escribir qué había significado el colecho para mi, pero nunca encontraba el momento.
Antes de ser madre no me gustaba la idea de colechar. Me parecía un rollo tremendo tener que dormir con un niño. Me imaginaba noches de codazos, patadas y de no poder moverse.
Luego llegó Retoño a casa y lo metimos a domir en su cuna, que estaba a mi lado. Ya ese primer momento de dejarlo en ese espacio no me entusiasmó. Lo veía muy pequeño para tanta cuna.
Como era un bebé que no llegaba a los tres kilos nos recomendaron que no pasasen más de dos o tres horas entre toma y toma. Así fue como poco a poco, tras las tomas de la noche, en lugar de irse a su cuna, se iba quedando en cama. Por comodidad.
Luego las tomas de la noche se fueron espaciando y sí es cierto que lo íbamos dejando más tiempo a dormir en la cuna.
Pero luego llegó ese momento de "estar metida en el pozo" en los que los días eran una vorágine de consultas, malas noticias, desesperación y tristeza. Y tras los días venían las noches. Noches sin dormir de la ansiedad generada. Noches silenciosas en las que escuchaba una respiración pequeñita en una cuna cerca de mi cama.
Y en esos instantes empecé a "secuestrarlo". Lo sacaba dormido de la cuna y me lo ponía al lado, abrazándolo. Y el bebé que no reconocía durante el día volvía a mi durante la noche.
La oscuridad y el silencio nos hacían de burbuja protectora. A mi lado tenía ese cuerpecito pequeñito y calentito que había esperado durante nueve meses. Durmiendo tranquilamente ajeno a todo. Y en esa ingenuidad era capaz de meterme un poquito.
Con él dándome calor (no sólo física) fui capaz de retomar el sueño.
Y cada día despertándonos juntos me iba acercando cada vez más a él.
Que quiero decir con todo esto. Que el colecho me devolvió el apego con mi hijo. Que aun ahora con casi cuatro años seguimos durmiendo uno al lado de otro.
Que me pasan cosas tan curiosas como que la noche que a lo mejor está molesto por algo, me lo coloco a dormir encima, consigo que se relaje y se duerma y al día siguiente no se quiere separar ni un minuto de mi.
Que si tuviese un segundo hijo ni me molestaría en colocar la cuna en la habitación. Porque me declaro defensora de la necesidad mutua de colechar. Por él y por mi.
Porque estoy casi segura que la relación que tenemos de apego no sería posible sin haber colechado.
La distancia que se instauró en un momento de sufrimiento extremo el colecho supo como curarla.
Antes de ser madre no me gustaba la idea de colechar. Me parecía un rollo tremendo tener que dormir con un niño. Me imaginaba noches de codazos, patadas y de no poder moverse.
Luego llegó Retoño a casa y lo metimos a domir en su cuna, que estaba a mi lado. Ya ese primer momento de dejarlo en ese espacio no me entusiasmó. Lo veía muy pequeño para tanta cuna.
Como era un bebé que no llegaba a los tres kilos nos recomendaron que no pasasen más de dos o tres horas entre toma y toma. Así fue como poco a poco, tras las tomas de la noche, en lugar de irse a su cuna, se iba quedando en cama. Por comodidad.
Luego las tomas de la noche se fueron espaciando y sí es cierto que lo íbamos dejando más tiempo a dormir en la cuna.
Pero luego llegó ese momento de "estar metida en el pozo" en los que los días eran una vorágine de consultas, malas noticias, desesperación y tristeza. Y tras los días venían las noches. Noches sin dormir de la ansiedad generada. Noches silenciosas en las que escuchaba una respiración pequeñita en una cuna cerca de mi cama.
Y en esos instantes empecé a "secuestrarlo". Lo sacaba dormido de la cuna y me lo ponía al lado, abrazándolo. Y el bebé que no reconocía durante el día volvía a mi durante la noche.
La oscuridad y el silencio nos hacían de burbuja protectora. A mi lado tenía ese cuerpecito pequeñito y calentito que había esperado durante nueve meses. Durmiendo tranquilamente ajeno a todo. Y en esa ingenuidad era capaz de meterme un poquito.
Con él dándome calor (no sólo física) fui capaz de retomar el sueño.
Y cada día despertándonos juntos me iba acercando cada vez más a él.
Que quiero decir con todo esto. Que el colecho me devolvió el apego con mi hijo. Que aun ahora con casi cuatro años seguimos durmiendo uno al lado de otro.
Que me pasan cosas tan curiosas como que la noche que a lo mejor está molesto por algo, me lo coloco a dormir encima, consigo que se relaje y se duerma y al día siguiente no se quiere separar ni un minuto de mi.
Que si tuviese un segundo hijo ni me molestaría en colocar la cuna en la habitación. Porque me declaro defensora de la necesidad mutua de colechar. Por él y por mi.
Porque estoy casi segura que la relación que tenemos de apego no sería posible sin haber colechado.
La distancia que se instauró en un momento de sufrimiento extremo el colecho supo como curarla.
domingo, 22 de octubre de 2017
Resumen de esta semana
Hemos leído cuentos. Nos hemos besado y abrazado.
Nos fuimos a un spa una tarde mientras tu te quedabas con los abuelos.
Jugamos con el camión. Me he enfadado contigo porque casi no quieres comer.
Te he intentado dar platano machacado. Te hice los estiramientos de piernas y brazos. Tu te has dejado pacientemente.
Descubrimos una canción que nos encanta. Te he cantado tu canción favorita. Tu sonríes cuando la escuchas.
Has tenido una pesadilla. Pero yo estaba a tu lado y te dije que no pasaba nada.
Hemos ido a fisioterapia, a terapia ocupacional.
He estado cansada. Y dos días que me encontré mal. Como si incubase algo. Pero no me he quejado.
He ordenado la casa. Luego la desordenamos mientras buscábamos un juguete al que le hicieses caso.
Hemos ido al neurólogo. Ya sabemos lo que te pasa. En verdad no sabemos nada. Me he dado cuenta de que no me importa.
Hemos jugado con los perros. Tu te agobiaste porque te dan demasiados besos.
Descubriste una alfombra que te encanta tocar. Te reiste a carcajadas al notar su tacto.
Te he dado apiretal una noche. Creo que te dolía la garganta. Tosiste. Pero a la mañana siguiente estabas contento.
Hemos salido a pasear con Julia.
Celebramos tu santo. Con pastelitos en casa. Con una sidra con amigos. Te regalé un abrazo fuerte.
Salimos de paseo todo lo que pudimos.
Te llevé a un cuentacuentos. Estuviste atento todo el rato. Para mi tenía todo demasiado volumen.
Estrenaste tu cazadora de invierno. Porque de pronto llegó el frío. Estás muy guapo con ella.
Me peleé con gata Pulga.
Le cortamos las uñas a uno de los pajaros. Tu te reiste mucho porque chillaba cuando lo agarramos.
Hemos soñado. Y hemos despertado un día más.
Aproveché mientras dormías para hacer un pan croata.
No me ha dado tiempo a tejer nada de tu bufanda. La he mirado y he dudado si te la acabaré a tiempo para este invierno.
Has estado feliz.
Nos fuimos a un spa una tarde mientras tu te quedabas con los abuelos.
Jugamos con el camión. Me he enfadado contigo porque casi no quieres comer.
Te he intentado dar platano machacado. Te hice los estiramientos de piernas y brazos. Tu te has dejado pacientemente.
Descubrimos una canción que nos encanta. Te he cantado tu canción favorita. Tu sonríes cuando la escuchas.
Has tenido una pesadilla. Pero yo estaba a tu lado y te dije que no pasaba nada.
Hemos ido a fisioterapia, a terapia ocupacional.
He estado cansada. Y dos días que me encontré mal. Como si incubase algo. Pero no me he quejado.
He ordenado la casa. Luego la desordenamos mientras buscábamos un juguete al que le hicieses caso.
Hemos ido al neurólogo. Ya sabemos lo que te pasa. En verdad no sabemos nada. Me he dado cuenta de que no me importa.
Hemos jugado con los perros. Tu te agobiaste porque te dan demasiados besos.
Descubriste una alfombra que te encanta tocar. Te reiste a carcajadas al notar su tacto.
Te he dado apiretal una noche. Creo que te dolía la garganta. Tosiste. Pero a la mañana siguiente estabas contento.
Hemos salido a pasear con Julia.
Celebramos tu santo. Con pastelitos en casa. Con una sidra con amigos. Te regalé un abrazo fuerte.
Salimos de paseo todo lo que pudimos.
Te llevé a un cuentacuentos. Estuviste atento todo el rato. Para mi tenía todo demasiado volumen.
Estrenaste tu cazadora de invierno. Porque de pronto llegó el frío. Estás muy guapo con ella.
Me peleé con gata Pulga.
Le cortamos las uñas a uno de los pajaros. Tu te reiste mucho porque chillaba cuando lo agarramos.
Hemos soñado. Y hemos despertado un día más.
Aproveché mientras dormías para hacer un pan croata.
No me ha dado tiempo a tejer nada de tu bufanda. La he mirado y he dudado si te la acabaré a tiempo para este invierno.
Has estado feliz.
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